Se cierra la veda general. Se silencian las rehalas, se vacían las juntas de monteros y la sierra recupera un silencio antiguo, casi olvidado tras meses de ladras y disparos. Parece que todo termina, pero en realidad es ahora cuando empieza otra cosa. Sin pausa, sin ceremonia, la temporada gira y nos deja frente al tiempo del corzo.
Un tiempo distinto. La caza deja de ser colectiva y se vuelve personal, casi intima. Ya no hay prisa ni voces; hay distancia, observación, pasos medidos. El cazador vuelve a estar solo ante el monte, la siembra o el perdido. Y, sin embargo, cada año esa llegada se acompaña de una inquietud creciente, de una fiebre que recorre el país entero. El corzo se ha expandido, ha colonizado nuevas tierras, aparece donde antes no estaba, y con él han llegado también más miradas, más expectativas y, demasiadas veces, más precipitación.
Recechar un corzo no es cumplir un objetivo, ni ocupar un turno, ni resolver rápido para que pase el siguiente. El rececho no es un trámite ni una “ventanilla”, ustedes me entienden, desde la que se despacha lo que aparece al otro lado del paisaje. Es tiempo, lectura del terreno, errores, regresos sin disparo. Es aceptar que la caza empieza mucho antes de ver al animal y que muchas veces termina sin tocarlo.
Y ahí está, precisamente, una de sus mayores verdades: la experiencia en sí misma, incluso cuando no abatimos, ya es plenamente gratificante. Volver habiendo visto, habiendo entendido algo más del terreno o del animal, debería bastarnos más a menudo. Quizá convendría cambiar el foco y recordar que no todo se mide en el momento del disparo, en la foto junto al trofeo. La caza es un conjunto de cosas no un hecho puntual.
Por eso conviene tener presente algo esencial: en poblaciones equilibradas no debería abatirse ningún animal que no haya alcanzado su plena madurez. Un corzo necesita años para ser lo que está llamado a ser. Antes de los cuatro años es todavía un proyecto, no un resultado. Disparar demasiado pronto es romper ese proceso y empobrecer el conjunto, aunque la satisfacción inmediata diga lo contrario.
Otra cosa distinta es la caza selectiva, la que nace de censos serios y de estructuras de edad descompensadas. Ahí sí hay que intervenir, corregir, ordenar.
No es casual que los viejos corceros, los que aprendieron antes de que el corzo se pusiera de moda, lleven años reclamando algo muy concreto: que la administración afine en la concesión de permisos adicionales para caza selectiva cuando los censos revelan descompensaciones claras de edades, especialmente por exceso de juveniles. No se trata de abrir la mano sin criterio, sino de todo lo contrario. La estructura de edades es el verdadero termómetro de una población. Cuando faltan adultos maduros y sobran jóvenes, la pirámide se estrecha por arriba, aumenta la competencia prematura y se resiente la calidad media del conjunto. El corzo alcanza su plenitud biológica y trofeística a partir de los cuatro o cinco años; antes es todavía un animal en construcción. Por eso intervenir selectivamente, cuando la biología lo exige y los datos lo respaldan, no es una concesión ni un atajo, sino una herramienta de ordenación. Se trata de corregir, equilibrar y permitir que el coto mantenga una población sana, estable y bien estructurada en el tiempo.
Y para finalizar, hacer hincapié en que gestores y orgánicas de caza tienen una responsabilidad decisiva. Frente a una demanda creciente, la tentación de acelerar jornadas, encajar calendarios o “dar salida” rápida a los permisos puede parecer comprensible, pero el corzo no entiende de agendas comerciales. Esta es una caza que necesita espacio, continuidad y criterio. Más que multiplicar lances, habría que cuidar la calidad de cada experiencia, permitir que el cazador viva el rececho sin prisa, con disfrute, y que el monte no sienta una presión constante.
La caza gratificante, enriquecedora, no consiste en que todo salga deprisa, sino en que todo tenga sentido. La prisa nunca ha sido buena consejera en el monte.
PepeJuan De La Moneda Corrochano
CLUB DEPORTIVO DE CAZA LA DIANA SEGORBINA

